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ITRÓ 5763 Por
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Rabino Dr. Ismar Schorsch, El cristianismo se fundamenta en la doctrina de la encarnación, que fuera formulada notablemente por el Evangelio de Juan: " Así la Palabra se encarnó, él vino a vivir entre nosotros, y vimos su gloria, la gloria que corresponde al único Hijo del Padre, lleno de gracia y verdad (1:14), Es ésta una teoría que los judíos tienden a identificar como singularmente cristiana. Mientras que tanto el judaísmo como el cristianismo reconocen por igual que, en la creación la Palabra vivía con Dios" (1:1) como sabiduría tanto como instrumento, el judaísmo se abstuvo siempre de darle forma humana. Aunque valedera, la distinción no excluye la aparición de la doctrina en el judaísmo. Para el judaísmo, la Palabra se encarnó como libro. La comparación se me ocurre por un comentario Talmúdico sobre la primer palabra de los Diez Mandamientos. Como muchos comentarios de este tipo, su brevedad oculta una infinita profundidad. La forma enfática del pronombre "Yo", ANOJÍ, capturó la imaginación midráshica. Rabí Iojanán, el rabino de Galilea más prominente del tercer siglo, lo consideró como un acrónimo, es decir, cada letra representaba una palabra. Así deconstruída, él interpretó la palabra para destacar la condición de Dios como autor del Decálogo: Yo Mismo escribí y te entregue (esto)" (Talmud de Babilonia, Shabat 105a). Implícitamente, la declaración afirma que la Torá íntegra personifica la palabra de Dios. Pero Abraham Joshua Heschel en su libro final Kotzk: Una Lucha Por La Verdad (Yidish, 1973) va más allá de la doctrina de que la Torá fue revelada literalmente. Al citar este pasaje del Talmud, traduce las palabras de Rabí Iojanán así: " Me entrego a Mí Mismo en el texto" (p.58). Esta declaración es una versión judía de la encarnación. Las palabras de la Torá son más que el medio de expresión de la voluntad Divina, son precisamente la forma que la presencia de Dios asume en nuestro mundo temporal y espacial. Concentrarse en el texto conduce a la unión con el Todopoderoso. En el espíritu del Baal Shem Tov, fundador del Jasidismo moderno, Heschel nos recuerda que cuando estudiamos las palabras de un determinado sabio en el Talmud, deberíamos conjurar su presencia, verlo de pie frente a nosotros. Más allá de la comprensión de sus palabras, debemos en verdad convivir con él y sentir el poder de su espíritu. Similarmente, las palabras de la Torá nos permiten sumergirnos en la presencia de Dios. La doctrina de la encarnación tampoco está ausente de la sinagoga. Antes de leer la Torá, el Gabai (el asistente del lector) en la bimá entona varios versos que hablan de las virtudes de la Torá y de Dios, No es accidental que las palabras sumen cuarenta, simbolizando los cuarenta días que Moisés pasó en la cima del monte Sinaí. Después de esto, la congregación responde con el verso de Deuteronomio 4:4 "Pero todos los que entre vosotros siguieron al Eterno, vuestro Dios, están hoy vivos". En esta escena de teatro religioso en la sinagoga estamos afirmando que Dios es el texto de la Torá. El verso final no habla de adherirse a la Torá sino a Dios. El rollo que estamos por leer induce la unión mística de Dios e Israel. El ritual transforma a la realidad. Leer la Torá sin esa fe es despojar a las palabras del espíritu que las anima, dejándolas como un golem. La Torá describió las dos tablas que Moisés trajo de Sinaí como "hechas por Dios, de quien y la escritura era escritura de Dios" (Exodo 32:16). Según el Zohar, fue la escritura divina lo que hizo a las tablas de piedra portátiles. Pero cuando fueron confrontadas con la idolatría y la decadencia del becerro de oro, las letras huyeron, reascendiendo al cielo. Moisés no destrozó las tablas sin vida que quedaron; demasiado pesadas para manejar, simplemente se deslizaron de sus manos (Kasher, Torá Shlemá, v.21,pp.129-30) Ese es el destino de un texto sagrado que ha perdido su alma. No siendo más la fuerza que electrizaba a una comunidad de fe, les queda sólo a los eruditos descifrarlo e investigarlo. Sin embargo, al igual que la doctrina de la encarnación que, desde el siglo V postulaba un Cristo de dos naturalezas, divina y humana, la versión judía también permite una doble naturaleza. En esta concepción, la Torá es un compuesto rodante de presencia divina y reacción humana, un registro cautivante de la experiencia vivida de lo eterno en medio de lo efímero. La Torá nos informa que después que Adán y Eva comieron del árbol prohibido "oyeron la voz de Dios el Eterno en medio de los árboles del huerto" (Génesis 3:8). Pese a su estado idílico, el jardín no era enteramente divino. Pero Dios seguramente se encontraba en él. Igualmente en la extensión fértil y efervescente de la Torá, se hace audible la voz de Dios si sólo podemos reunir la paciencia para escuchar con atención. Si tuviéramos éxito, nos uniríamos a una dialéctica bíblica que abarcó casi dos milenios, y luego engendró una dinámica que aún es poderosa dos milenios después. Shabat Shalom, Ismar Schorsch La publicación y
distribución del comentario del Rabino Schorsch de Parashat Itró ha sido
posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l)Hassenfeld. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen. Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación Bnei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen. |
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