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KI-TISÁ 5763
Shmot-Éxodo 30:11-34:35
22 de febrero, 2003 - 20 de Adar I, 5763

Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Ines Baum

Cuenta una historia sobre Franz Kafka que la última vez que visitó Berlín, se encontró en el parque con una pequeña niña que lloraba.  Cuando le preguntó por qué lloraba, ella gimió que había perdido su muñeca.  Lleno de compasión, Kafka le respondió que no era así.  La muñeca sólo se había ido de viaje y, de hecho, Kafka la había conocido cuando estaba a punto de partir.  Le prometió a la niña que si volvía al día siguiente al parque, él le traería una carta de su muñeca.  Y así hizo Kafka durante varias semanas, llegando cada mañana al parque con una carta para su nueva amiga.

Conforme empeoró su tuberculosis, Kafka decidió volver a Praga, donde moriría poco después a la edad de 41 años, pero no sin antes comprarle otra muñeca a la niña.  Junto a la nueva muñeca, venía una carta en la que Kafka insistía que ésa era la muñeca que pertenecía a su amiga.  Por supuesto que se veía diferente, pero esto no era de extrañar, ya que la muñeca había visto muchas cosas interesantes y vivido muchas experiencias nuevas en su largo viaje.  La vida había cambiado su apariencia.   (Jack Wertheimer, ed., “The Uses of Tradition”, p. 279).

Entre los muchos significados de esta profunda parábola, quisiera hacer hincapié en lo más obvio:   que una experiencia que nos transforma nos altera tanto externa como internamente.   Este es el punto de la narración final de nuestra parashá.  La segunda vez que Moisés sube al Monte Sinaí por las Tablas de la Ley, esto es, después de la catástrofe del becerro de oro, la Torá nos da gran profusión de detalles, cosa poco usual.  En contraste con la brevedad en la descripción de su primer ascenso (Éxodo 19:18-25; 24:1-4; 31:18), la Torá ahora nos cuenta que Moisés permaneció en la cima del monte durante cuarenta días y cuarenta noches, sin comer un bocado de pan ni beber un sorbo de agua (34:28).  La intensidad de esta experiencia de lo divino provocó que el rostro de Moisés brillara permanentemente, llenando a su pueblo de temor.  A partir de entonces, Moisés se cubriría el rostro con un velo, excepto para entrar a la Tienda de Reunión a hablar con Dios o al
dirigirse a su pueblo (34:29-35).

Este pasaje excepcional está marcado por un vocabulario igualmente extraordinario.  Mientras que el sustantivo keren, que significa “cuerno”, aparece a menudo en el Tanáj, el verbo karan (las mismas consonantes), que significa “emitir rayos”, solamente aparece aquí.  De aquí el error en la traducción hecha por la Vulgata, cuando dice que Moisés bajó del monte con cuernos, un signo de santidad.  Asimismo, el sustantivo para “velo”, masvé, es único en nuestra narrativa.   Claramente, el personaje y el lenguaje se unen para subrayar el impacto que tuvo en Moisés el haber estado en presencia de Dios por un período tan prolongado de tiempo.

La descripción se relaciona con dos pasajes previos.  Al sentirse inquietos los israelitas por la tardanza de Moisés en regresar del Monte Sinaí la primera vez, comienzan a pensar que él no es más que un simple y falible mortal (33:1).  Aarón, por el contrario, como sacerdote principal del Tabernáculo se distingue por sus adornadas vestiduras.  El rostro radiante de Moisés contradice ambas percepciones.  Transformado por su experiencia, Moisés se destaca entre los mortales, un líder que no necesita de ningún vestido especial.  La manifestación visible de su estado interior lo separa de todo lo ordinario o convencional. El midrash imagina que el cambio debió ocurrir en una de dos formas.  La primera sugiere que Dios tocó físicamente a Moisés mientras éste se agachaba en la grieta de la roca.  Literalmente, fue la mano de Dios la que protegió a Moisés cuando Dios pasó a su lado para mostrarle un atisbo de la presencia divina (33:22).  La segunda sostiene que, mientras Dios instruía a Moisés en la cima del Monte Sinaí, Moisés absorbió algunos de los destellos divinos que emanaban de la boca de Dios (Tanjuma, Ki Tisa, no. 37).  Ya fuera por una o por la otra, por medios físicos o espirituales, el becerro de oro tuvo como consecuencia una transformación permanente en la apariencia de Moisés.

Indudablemente, lo externo es solamente el reflejo de una realidad interna.  ¿No es ésta la marca de un gran pintor retratista como Rembrandt, el lograr que el rostro revele el alma de su personaje?  La gracia debe ser visible.  Así pues, cuando nos encontramos en presencia de un verdadero y gran erudito de la Torá agradecemos a Dios con una brajá, por haberle concedido sabiduría divina a alguien temeroso de Dios.  La labor de toda una vida exuda un aura de ecuanimidad.

A pequeña escala, lo que le pasó a Moisés se repite en nuestras propias vidas todas las semanas cuando observamos Shabat, tema tocado dos veces en nuestra parashá (31:12; 34:21).  Así como la luz que irradiaba del rostro de Moisés era testimonio de su relación con Dios, así mismo el integrar el Shabat al ritmo de nuestras vidas le concede una dimensión extrasensorial de existencia a nuestro ser.  Ambas constituyen una señal de la convergencia de lo sagrado con lo profano, de lo que es eterno con lo que es pasajero.   Jano, como el Shabat, nos recuerda los cataclismos mediante los cuales creó Dios el cosmos, además de proporcionarnos una prueba por anticipado de la paz que nos espera en el mundo venidero.  Al expresar nuestra reverencia por medio del descanso, ganamos una medida de renovación.  La combinación de plegaria y estudio, de comida, familia y amistades nos infunde una expansión de espíritu, un alma extra y verdadera que nos abandona solamente cuando acaba el Shabat.  Pero comenzamos la semana de trabajo iluminados y restaurados con un toque de eternidad que nos ayuda a soportar los problemas mundanos.  En el mejor de los casos, el respiro espiritual transfigura nuestro semblante, como la muñeca de Kafka.

Shabat Shalom

Ismar Schorsch


La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch de Parashat Ki Tisá ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l)Hassenfeld.

 
La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión de Congregaciones Judías de Latinoamérica y El Caribe www.ujcl.org

Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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