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PEKUDEI 5763
Shmot-Éxodo 38:21-40:38
8 de marzo, 2003 - 4 de Adar II, 5763

Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary


Traducción de Ines Baum

Midrash es el arte de mantener vivo un texto sagrado antiguo. Los Rabinos eran maestros en el arte de sacar agua de las piedras, de transformar los pasajes más mundanos de la Torá en brillantes pepitas de espiritualidad. La parashá que nos ocupa ofrece un provocativo ejemplo de este toque creador.

Comienza sin ninguna emoción con un inventario de los metales utilizados en la construcción del Tabernáculo, más específicamente con un estado financiero de sus costos. Moisés se sintió obligado a especificar un registro de la cantidad de oro, plata y cobre que se usaron en los objetos del santuario. En el primer versículo se nos dice: “Éstas son las cuentas de los efectos del Tabernáculo, del Tabernáculo del testimonio, que fueron enumerados por orden de Moshé...” (38:21). Las sumas son muchas. Con el peso de un talento equivalente a 3000 shekels (siclos), Moisés recolectó 29 talentos y 730 siclos de oro, 100 talentos y 1775 siclos de plata y 70 talentos y 2400 siclos de cobre en el Tabernáculo. Debemos hacer notar que estas cantidades fueron donadas voluntariamente por el pueblo, en respuesta a una campaña de recaudación. Empujados por la idea de la presencia de Dios en medio de ellos, los israelitas compartieron de su riqueza sin escatimar, tanto que se recaudó más de lo que en realidad se necesitaba (36:4-7).

Un midrash enfatizó lo que estaba implícito en el relato. Al rendir cuentas a sus donadores, Moisés sentó un precedente para los líderes futuros. A pesar de su cercanía con Dios, Que dijo de él que “en toda Mi casa es el siervo más fiel (ne’eman)” (Números 12:7), Moisés decidió presentar cuentas a su pueblo de los fondos recolectados. Es por esta razón que el versículo en Proverbios, “El hombre confiable (emunot, la misma raíz anterior) abundará en bendiciones” (28:20) describe a Moisés hasta la médula. Haciendo caso omiso de su poder, se sometió a sí mismo a las normas del buen gobierno. Su comportamiento demostró ser una bendición porque dio el ejemplo de que la confianza en un líder requiere de la transparencia.

Otro midrash señaló el mismo punto pero en términos rabínicos. Según la Mishná, “No se ha de instituir ninguna oficina para asuntos financieros comunitarios con menos de dos funcionarios” (Shekalim 5:2). Y sin embargo parece quedar claro a través de toda la Torá que Moisés gobernó sólo. Aún así, para eludir cualquier reproche, Moisés acató la práctica rabínica. Invitó al hijo de Aarón, Itamar, a hacer la auditoría (38:21). En lo que respecta a los fondos públicos, no debe existir la mínima sospecha de malversación. En consecuencia, cuando un sacerdote en el Templo debía sacar dinero de la habitación donde se guardaba para pagar los sacrificios diarios de la comunidad, siempre entraba vestido con un traje sin puños y sin bolsillos. Los líderes religiosos a cargo de fondos públicos deben ser intachables, tanto a los ojos de sus fieles como a los ojos de Dios, razón por la que la Torá afirma explícitamente: “y quedaréis sin culpa ante el Señor y ante Israel” (Números 32:22) (Shmot Rabá 51:1-2).

La contabilidad, entonces, restringe las fechorías, un antiguo discernimiento que no ha perdido nada de su relevancia. La penetrante desconfianza de la América corporativa, que agrava la recesión que pareciéramos no poder eludir, es verdaderamente una consecuencia del descuidado abandono de la contabilidad honesta por parte de varios titanes de los negocios durante los años noventa. Empujados por la presión de las ganancias trimestrales y la tentación de riquezas tambaleantes, altos ejecutivos de compañías públicas consiguieron para sí niveles de compensación sin precedentes, se metieron en conflictos de intereses e hicieron estragos con los procedimientos contables. Rara vez tan pocos han hecho tanto daño a la reputación de sus colegas o a los ahorros del pequeño inversionista.

El judaísmo no es más que un conjunto de recordatorios insistentes de que nosotros los humanos somos responsables de nuestras acciones. El libre albedrío no es un regalo del que se deba abusar. El Talmud afirma que la primera pregunta que se nos hará en el mundo por venir hará referencia a nuestras necesidades más básicas, o sea, cómo ganamos nuestro sustento:
“¿Condujo usted sus negocios en una forma confiable?” (Shabat 31a). Cada
año, durante los “Días Terribes”, nos enfrentamos a nosotros mismos en una evaluación angustiosa. El negar nuestras faltas es difícil porque todo lo que entra en el libro mayor está escrito por nuestra propia mano. Los pecados por los que pedimos ser perdonados son aquellos que hemos cometido contra nuestros vecinos, cercanos o lejanos. Si se nos suspende la sentencia, hacemos votos por mejorar en el año que comienza. En efecto, todos los días del año nos rededicamos a nosotros mismos en nuestras oraciones de la mañana, para temer a Dios dondequiera que estemos, para que nuestras palabras estén siempre marcadas por la integridad y la verdad. La
fe trabaja para combatir nuestra avaricia.

El carácter distintivo de las Escrituras apunta al mismo balance. El poder necesita ser controlado. De aquí que los reyes del antiguo Israel nunca hayan sido monarcas absolutos. La Torá les prohibía acumular esposas, caballos o riquezas. No solamente se les exigía copiar para sí mismos las enseñanzas de Dios, sino que el texto debía acompañarles constantemente para estudiarlo a diario (Deuteronomio 17:14-20). La institución del profeta existía para frenar el poder real. Cuando David hizo matar a Uria el Hitita para cubrir así su relación adúltera con Batsheba, fue el profeta Natán quien se atrevió a censurarlo cara a cara (Samuel II 11-12). Así mismo increpó el profeta Elías a Ajab, el poderoso rey del norte de Israel, cuando confiscó el viñedo de Nabot, asesinado por Jesabel en un tribunal irregular. “¿Has matado, y también has tomado posesión?” (Reyes I 21:19), palabras que resonarían a través de los siglos como una advertencia para los tiranos de toda calaña.

Los excesos corporativos de los noventa también flotan ante el ideal contemplado por Ben Zoma, un sabio rabínico del siglo II que murió muy joven. Su retrato hacer surgir la paradoja. La respuesta a cada pregunta es contraria a la intuición.

“¿Quiénes son los sabios? Aquellos que aprenden de todos los demás. ¿Quiénes son los fuertes? Aquellos que triunfan sobre sus propios impulsos. ¿Quiénes son ricos? Aquellos que se conforman con lo que tienen. ¿Quiénes son dignos de estimación? Aquellos que estiman a los demás.” (Pirkei Avot 4:1)

En resumen, al vivir una vida de auto-control podemos alcanzar un estado de equilibrio y armonía en el que las necesidades del alma preceden a los apetitos el cuerpo.

Shabat Shalom

Ismar Schorsch

La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch de Parashat Pekudei ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l)Hassenfeld.

 
La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión de Congregaciones Judías de Latinoamérica y El Caribe www.ujcl.org

Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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